Las bombas del 11-M. Relato de
los hechos en primera persona (Amazon 2014)
Juan Jesús
Sánchez Manzano, jefe de los TEDAX en el 11-M
“El 11 de marzo de 2004, me
levanté como siempre a las 6.30 horas. Me vestí, desayuné, di un beso a mis
hijos y a mi mujer, aún dormidos, y salí por la puerta poco después de las 7
horas. Se presentaba un día de formalismos, tranquilo e institucional. Sin
embargo, ni siquiera había empezado a desarrollarse cuando una llamada lo echó
todo por tierra”. Así comienzo mi libro publicado en Amazon, donde relato con
detalle los movimientos de mi unidad durante el día de los atentados y las
jornadas posteriores.
Como máximo responsable iba transmitiendo a mis superiores
los mensajes que minutos después debían ser trasladados al Gobierno y a los medios
de comunicación: “En la unidad estuvimos volcados
en nuestras funciones durante los tres días consecutivos a los atentados,
apenas sin descanso. Cuando mi familia me comunicaba que en los medios se
hablaba de la autoría de ETA, yo me sorprendía, pero, por otra parte, ignoraba
los datos disponibles en otras unidades policiales. Ante esa ausencia de datos,
los actores políticos y sociales los inventaron, los deformaron y exageraron
con el fin de adaptarlos a sus estrategias o deseos”.
Trato de poner la historia en orden, mostrando las
contradicciones en las que incurrieron periodistas como Casimiro García
Abadillo, Pedro J. Ramírez o Federico Jiménez Losantos. Pero también revelo el
seguidismo de diputados como Jaime Ignacio del Burgo o Eduardo Zaplana, que
leían El Mundo antes que el propio
sumario judicial, lo que les hubiera resuelto muchas dudas. Mi relato está
basado en información contrastada del
procedimiento judicial y de la Comisión Parlamentaria del 11M. Hubo periodistas
y políticos que se empeñaron en justificar la equivocación de seguir un camino
cuando todas las pruebas indicaban otro. La investigación policial fue sometida
a un juicio paralelo sin precedentes.
Respecto a García Abadillo, por
poner un ejemplo, escribió un artículo Pecado
de soberbia, publicado en El Mundo
el 29 de marzo de 2004, a los 18 días del atentado, cuando el ambiente
mediático y político aún no se había contaminado de las aberrantes teorías
conspiratorias. En él manifestó: “Alguien en Moncloa dejó a un lado el drama
que estaba viviendo el país y se dedicó a cuantificar la catástrofe en forma de
escaños. Si es Al Qaeda, perdemos las
elecciones. ¡Dios nos libre de los que en situaciones así son capaces de
llegar a tales conclusiones! Por eso, se tomó la determinación no de mentir,
sino de mantener la duda hasta el final. Aguantar la tesis de ETA hasta el
14-M. […] No se dio la orden de mentir. De hecho, no se mintió. Tan sólo se
decidió dar la información mezclada con el wish full thinking de que la
tesis de ETA seguía siendo la más
probable. Nadie puede protegerse contra la verdad. Y en esos momentos nadie
tuvo la cabeza lo suficientemente fría como para pensar en lo realmente
importante […]”.
Pocos días después, cambiaba de
opinión y el 18 de junio de 2004, antes
de que se iniciara la Comisión de Investigación, García-Abadillo escribió en su
periódico: ¿Alguien ha tendido una trampa
para fomentar la idea de que en torno al 11-M existe una trama policial con
ramificaciones en la cúpula del cuerpo? Esa es una sensación que flota en el
ambiente. No olvidemos que estamos hablando de junio de 2004, tres meses
después de los atentados y mes y medio más tarde de haber escrito Pecado de soberbia.
El trabajo de mi unidad hubiera
sido percibido y valorado de forma muy distinta si las elecciones generales no
hubieran tenido lugar tres días después de los atentados. Siguiendo Casimiro
García Abadillo, en el mismo artículo Pecado
de soberbia: “Si el 11 de marzo no
hubiera estado tan cerca de las elecciones, probablemente Aznar se hubiera
comportado de otra manera. Hubiera actuado como un profesional, es decir, como
un presidente que sólo tiene un objetivo prioritario: ayudar a las víctimas,
descubrir a los culpables y ponerlos a disposición de la justicia. Pero no. Las
elecciones estaban a la vuelta de la esquina”.
Algunos periodistas
de El Mundo, al crear y corear la
teoría sobre la conspiración de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado,
ayudaron a los terroristas, quizá inconscientemente. Es incomprensible que los
servicios de información no analizaran todos los indicadores que señalaban a
España como objetivo del terrorismo internacional antes de lanzar los
comunicados oficiales. Tampoco se comprende cómo el entonces presidente del
Gobierno, José María Aznar, solo atendió los consejos del CNI. ¿Es qué nadie
pasó los informes de los Tedax a los servicios correspondientes para disipar la
“obcecación” del Ejecutivo?. Como afirmo en el libro: “No podemos negar, por otro lado, que hasta ese momento
el terrorismo en España había estado vinculado casi en exclusiva a la banda
criminal ETA. De ahí que nada más estallar las bombas se generalizara la
creencia de que había sido esta organización terrorista. Este prejuicio, unido
a las adversas circunstancias del momento, provocó la resistencia a emplear la
razón para el análisis de los datos que iban recibiendo. Algunos de los
receptores de las informaciones, de hecho, se quedaron con esa idea de la
culpabilidad de ETA quizá demasiado tiempo. No valoraron en su justa medida la
sucesiva aparición de evidencias. Tardaron en digerirlas e interpretarlas. Esta
obcecación ralentizó su reacción y la hizo incluso titubeante”.
Durante los últimos nueve años, he sido la diana sobre la
que muchos lanzaban sus dardos en forma de acusaciones, insultos, insinuaciones
o injurias. Algunos periodistas me imputaron hasta colaboración con banda
armada en las ondas y en el papel. Otros me atribuyeron incluso una relación sentimental
con una acusada en el juicio del 11-M. Pedí ayuda en repetidas ocasiones al
Ministerio del Interior con el fin de que algún dirigente saliera en mi
defensa, respondiera con claridad a las preguntas parlamentarias o a las dudas
que los medios estaban lanzando sobre nuestra actuación. Pero nadie nunca nos
defendió.
A lo mejor, les interesaba que hubiera tensión, como dijo
el ex presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero al final de su
entrevista con Iñaki Gabilondo en un descuido cuando creía que el micrófono
estaba cerrado. Pedro J. en uno de sus artículos dominicales a finales de 2006,
revela que Zapatero me pidió disculpas por lo que estaba pasando y que me dijo que
el PP y El Mundo estaban dirigiendo
todos sus dardos contra mi, pero que en realidad querían apuntar a él. Está
claro que unos y otros hicieron utilización de los atentados, como digo en mi
libro: "[E]l 11-M,
como primera gran agresión terrorista en Europa, se utilizó como una cuestión
doméstica, como un arma arrojadiza entre fuerzas políticas, en vez de servir
para situar los atentados en el contexto de una campaña global de la yihad musulmana
contra las democracias occidentales".
Algunas instancias superiores de entonces me requirieron
para que asumiera públicamente que los Tedax dijeron que el explosivo utilizado
fue Titadyne, el habitualmente utilizado por ETA. No lo acepté, respondiendo: “En las sucesivas ocasiones que me convocaron para asumir lo del Titadyne, mi contestación siempre
fue la misma: Sabéis que en nosotros no
está el error. A mí nadie me habló de Titadyne. A las 14.00 horas del mismo 11
de marzo se os comunicó lo único que teníamos, que solo se podía saber que era
dinamita. No puedo admitir algo que
no se corresponde con la realidad y dejar para siempre manchada la historia de
la especialidad. No consentiré que se diga que los Tédax confundieron al
Gobierno de la nación”.
En esos momentos, ya era
consciente de lo que me iba a costar personalmente defender la especialidad; de
todas formas, era mi obligación y nunca me he arrepentido de ello, más bien lo
contrario, a pesar de la soledad y, en algunos casos, la ingratitud que he
recibido como recompensa.
Lo cierto es que la
investigación de la Policía no fue reconocida en España como lo fue en el
extranjero, donde la práctica totalidad de medios de comunicación y gobiernos
alabaron las pesquisas de los Tedax y de los miembros de Información de la
Policía. En no pocos foros internacionales se reconoció abiertamente como
ejemplo a seguir la inmediata respuesta dada por las fuerzas de seguridad
españolas para volver a la normalidad, la investigación y el esclarecimiento de
los hechos, que sirvió para localizar a los autores. España había dado un
ejemplo a otros países que, con atentados de la misma naturaleza pero inferior
complejidad, no obtuvieron resultados ni siquiera parecidos. Sin embargo, aquí
fue distinto. Pedro J. Ramírez (El
Mundo, 2 de junio de 2009), en la presentación del libro Titadyne, con su Yo acuso,
culpaba a 17 personas (jueces, fiscales, policías y guardias civiles) de manipular
la investigación.
Me limité a hacer mi trabajo,
ahora solo trato de poner a disposición de los ciudadanos e historiadores un
relato con citas y referencias desde las que se pueden consultar y contrastar
datos y documentos sobre lo que hicieron los TEDAX, por eso he donado íntegramente los derechos
de la obra a la Fundación Huérfanos del Cuerpo Nacional de Policía.